CUANDO SE RESISTE LA PRUEBA DE DIOS
Leer Números 20: 1-13; 27: 12
Introducción
En el libro de Números se pone de relieve la personalidad y la obra de Moisés, el gran libertador y legislador del pueblo de Israel.
A esta misión de Dios, asumida por él desde el principio, añade ahora la de organizar a los israelitas y guiarlos durante los años de su peregrinación en busca de la Tierra prometida.
En contraste con la figura señera de Moisés, la conducta de los israelitas se describe en Números con rasgos bastante negativos. Ciertamente de Egipto había salido una «gran multitud de toda clase de gentes» (Ex 12:38), las cuales comenzaron a constituir en el desierto una colectividad alentada por los mismos intereses y un destino común. Pero con los agobios del penoso caminar hacia una meta todavía desconocida y que debía parecerles siempre lejana, aquellos liberados de la amarga cautividad egipcia protestaban y se rebelaban una y otra vez. En sus quejas, incluso añoraban como mejores tiempos los pasados en esclavitud. Con todo ello no cesaron de provocar la ira de Dios, y atrajeron mayores desventuras sobre Israel. (Comentario de la Reina Valera vers. 95)
Jamás comprendieron que estaban en la prueba de Dios. Jamás aceptaron la prueba de Dios. Resistieron en todo el tiempo de su peregrinación la prueba de Dios.
La meta del Señor era la de hacerles entrar en la Tierra de Promisión, pero para ello era preciso la prueba en el desierto.
Lamentablemente, el modo en que se comportaron esos egoístas, es muy parecido al de muchos que se llaman cristianos (seguidores de Cristo), cuando no aceptan y resisten la prueba de Dios en su peregrinaje por este mundo, camino a la Nueva Jerusalén.
Por lo tanto podemos comparar el peregrinaje de Israel hacia la tierra prometida, con el peregrinaje de la Iglesia hacia el cielo:
<<Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma>> (1 Pedro 2: 11)
1. En el desierto de Zin
<<Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada, 2Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón>>
Después de haber permanecido en la zona del monte Sinaí por años, Israel empezó a marchar hacia Moab en una larga marcha. Moab quedaba al otro lado del río Jordán y era ya la tierra prometida.
En ese lugar, Cades, no había agua, y la congregación se juntó contra Moisés y Aarón.
2. La resistencia a la prueba de Dios
<<3Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! 4¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? 5¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber>>
La pregunta que nos hacemos a priori es: ¿Por qué Dios les guió hasta un desierto donde no había agua?
Dios hace cosas que en un principio y desde un punto de vista humano nos podrían parecer ilógicas.
Lo natural es que Dios les hubiera conducido directamente de Egipto a la tierra prometida, sin tener que avanzar penosamente por el desierto.
Pero para Dios, el procedimiento es muy importante, y no sólo el resultado final.
Para la carne del hombre, lo importante es conseguir obtener la meta o el objetivo final, yendo por la línea recta (el camino más corto entre dos puntos).
Para Dios, el camino a recorrer es casi tan importante como el final del trayecto.
Para el hombre natural y carnal, el fin justifica los medios. Para Dios, los medios son esenciales para el fin.
Dios estaba trabajando con los israelitas, Su pueblo escogido, para hacer de ellos una nación santa, apartada para Él. Ese era el proceso y el motivo del peregrinaje. Lo mismo es para la Iglesia.
No obstante, para la inmensa mayoría del pueblo que había salido de Egipto, eso carecía de absoluta importancia. Eran gentes impías; ajenas a Dios y a Su voluntad, sólo pendientes de sí mismos y de sus intereses particulares.
De ahí la ominosa queja contra Moisés y Aarón.
Examinemos el contenido de sus palabras:
<<Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! 4¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber>>:
1) Primeramente vemos que el pueblo, es decir, prácticamente todos con una sola voz, hablaron contra Moisés.
No venían con palabras de súplica o de sencillo descorazonamiento, sino que vinieron con palabras contra Moisés, y por lo tanto, contra Dios.
2) Por sus bocas profirieron maldición contra sí mismos, deseando haber sido muertos cuando murieron a causa de su rebelión los de Coré (Nm. 16)
3) Hicieron a Moisés culpable de hacer llegar a la congregación de Dios al desierto (nótese que eran religiosos, pues mencionaban a Dios todo el tiempo). La razón según ellos era para que murieran ellos y sus animales.
Culpando a Moisés, en realidad, culpaban a Dios, ya que fue Dios quien les guió todos los días de su peregrinación por el desierto, de día por la nube, y de noche por la llama:
“Jehová iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarlos, a fin de que anduvieran de día y de noche. 22Nunca se apartó del pueblo la columna de nube durante el día, ni la columna de fuego durante la noche” (Exodo 13: 21, 22)
O sea que culpaban a Dios de querer hacerles morir.
4) Todo el anhelo de su vida era el bienestar temporal, no la voluntad de que Dios hiciera Su voluntad en ellos.
Aquel Israel del desierto demostró varias cosas ante Dios:
1) Ser acusador a Dios. Cuando uno acusa a Dios, se atreve a exponer que es mejor que Dios, que es más justo. Ese es el principio de la iniquidad.
2) Ser rebelde a la autoridad puesta por Dios. El ataque frontal fue contra Moisés y Aarón, ya que ellos era representantes de Dios entre Su pueblo.
3) Ser absolutamente carnal y desprovisto de fe. Sólo eran guiados por lo que veían sus ojos de carne.
4) Preferir la muerte antes que el trato de Dios. Pretendían creer que Dios era un ser cruel que les quería hacer sufrir porque sí.
5) Preferir la esclavitud de Egipto. La esclavitud de Egipto era la esclavitud del mundo. Preferían la esclavitud del mundo, a servir a Dios.
6) Preferir el bien temporal. Antes que la consecución de la voluntad de Dios, y su recompensa eterna.
Esto mismo se cumple en amplios sectores eclesiales hoy en día
Tristemente, esos puntos también se cumplen en cierta medida en muchos creyentes hoy en día.
Buscan a toda costa la “prosperidad” material; el bienestar material por encima de todo, y atienden a las falsas enseñanzas de todos esos falsos predicadores de la prosperidad que les dicen que un cristiano tiene el derecho de recibir todos los parabienes en esta vida, y que si no es así, es que están en pecado.
Con que muchos no consiguen alcanzar las “promesas” de los falsos predicadores que les enseñan que tienen derecho a ser millonarios, se vuelven al mundo, a Egipto, a la esclavitud de este mundo.
¡Así que vemos que se vuelve a repetir la historia!
3. El pecado de Moisés y de Aarón
<<Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. 7Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 8Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. 9Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó.10Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? 11Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. 12Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado>>:
Hay algunas diferentes interpretaciones acerca del pecado de Moisés y Aarón, pero la que entiendo más plausible, es la siguiente:
El pueblo abiertamente no sólo se había quejado ante ellos, sino que incluso habían proferido maldición sobre ellos mismos (¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!) (v. 3)
El pueblo se había atrevido a juzgar a Dios poniendo en entredicho Su santidad y Su poder, acusándole de ser poco menos que cruel y despiadado (así es como satanás pretende que los hombres vean a Dios).
El pueblo no quiso comprender que Dios estaba tratando con él, que le estaba probando, y que por supuesto, jamás iba a permitir que a la postre se quedara sin agua que beber, etc. Ellos sólo veían su necesidad natural presente. No estaban interesados en el trato de Dios en sus vidas. Eran absolutamente carnales.
Pero no sólo el pueblo parecía no entender eso, sino que también parecía ser el caso de Moisés y Aarón, los cuales, en vez de vindicar a Dios en ese momento, y ante la congregación hacer callar esa rebelión levantando el nombre del Señor en medio de ellos, lo que hicieron fue una cosa diferente.
Sin mediar palabra, se dieron la vuelta y salieron de delante de la congregación:
<<Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros…>> (V. 6)
¡Se quedaron mudos sin levantar su voz en fe! No quisieron santificar a Dios ante el pueblo, por su misma incredulidad: <<Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel>> (v. 12)
Entonces, <<… la gloria de Jehová apareció sobre ellos>>. Dios tuvo que intervenir directamente.
Entiendo que no fue esa Su voluntad. Dios quería que sus dos hombres levantaran en alto Su nombre ante la congregación, y entonces, Él habría hecho el milagro, en su momento; pero no fue así. Esa es la razón por la cual Dios les dijo: << no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel…>> (v. 12)
La consecuencia final fue también que no iban a llevar a ese pueblo a la Tierra Prometida: <<no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado>> (v. 12)
Evidentemente, el pecado de la congregación fue invariablemente mayor que el de Moisés y Aarón, no obstante, esos dos hombres tenían más luz y acceso a Dios que la congregación (en cuanto a esto último, acordémonos que esa era la dispensación del A.T.), por lo tanto su responsabilidad también era más grande:
<<Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá>> (Lucas 12: 48)
¡NO RESISTAMOS LA PRUEBA DE DIOS! Creámosle, aunque las circunstancias que nos envuelvan sean absolutamente contrarias. Dios sabe lo que hace
Dios les bendiga.
© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
www.centrorey.org
Diciembre 2006
