EL NIÑO DE CAPERNAUM

Estudio bíblico

Entendiendo las bases de la humildad y la inocencia

Índice del Tema

(Marcos 9: 35-37) “Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió”.

El niño de Capernaum

Introducción

La tendencia natural del ser humano es la de exaltarse a sí mismo, y si es posible, por encima de los demás.

Aun los más tímidos, conformistas o apáticos, en un momento dado no se doblegarán o darán su brazo a torcer cuando sean tocados en su orgullo. La actitud de estar a la defensiva, y la de hacer prevalecer las razones de uno por encima de las de los demás, priman una y otra vez. Así es el hombre natural, y el creyente no se escapa demasiado de esa ecuación.

Como nunca antes en estos últimos tiempos, con la muy cuestionable intención de fomentar la fe y la expectativa del creyente, el mensaje desde muchos púlpitos, es el de la exaltación del oyente. Mensajes como: “Sueña y tu ganarás el mundo”/ “Hay un campeón dentro de ti”/ “Ahora es tu hora”/ Tu mejor vida ahora”/ “Tu eres un conquistador” / Tu mereces lo mejor”, “Reclama tu milagro”, etc. etc., todos ellos en realidad van dirigidos al ego del oyente; al levantamiento de su carne.

Estos mensajes o parecidos, aun pretendiéndolo, no ayudan para nada a la fe y al carácter del verdadero hijo de Dios.

Por poner uno de tantísimos ejemplos aquí, uno de esos mensajes lo transmite el propio César Castellanos en su muy conocido libro “Liderazgo de éxito a través de los doce”, página 152:

“Cuando alguien descubre el poder y la autoridad que pueden ser desarrollados siendo líder de doce personas, entonces se preocupa por capacitarse, comprometerse, y por conseguir también sus doce”

La motivación para esforzarse en los asuntos del Reino, según Castellanos, es la de tener ese “poder y autoridad”.

Pero esta forma de vivir el cristianismo no es nada nueva, ya que en un principio eso también les ocurría a los mismos discípulos de Cristo, antes de ser regenerados por el Espíritu Santo.
En un principio, incluso los mismos discípulos de Cristo, en un momento dado, andando al lado del Mesías, discutían entre sí acerca de quién de ellos iba a ser el de mayor autoridad:

Marcos 9: 33, 34 “Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor.

Los discípulos sintieron vergüenza cuando el Señor les hizo una simple pregunta: “¿De qué hablabais en el camino?”. Sabían dentro de sí de que eso estaba mal, sus conciencias les acusaban; por eso callaron.

Básicamente, el ser humano tiene un problema de corazón, se llama orgullo. Seguidamente, el Señor les enseñó lo siguiente:

(Marcos 9: 35-37) “Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió”.

Nótese que la enseñanza del Maestro difiere implícita e explícitamente de la de los falsos maestros de hoy en día. Mientras estos apelan a la carne y exaltan el ego de sus oyentes, la enseñanza de Cristo nos dirige hacia la humildad y la verdadera fe que viene por la dependencia del Espíritu Santo, y no por el pretender conseguir la realización de los sueños personales.

“El Señor nos puso como ejemplo de humildad a un niño”

“El Señor nos  puso como ejemplo de humildad a un niño”

1. Un niño: El ejemplo a seguir

La enseñanza de nuestro Dios, es la antítesis de la enseñanza de este mundo. Veamos:

  • 1. El pueblo de Dios – los judíos de aquel tiempo - esperaban un Mesías triunfante; Dios les dio, por contra, un Mesías sufriente.
  • 2. Confiaban en las armas y artífices de este mundo; en cambio, Dios les quería enseñar acerca del poder Suyo.
  • 3. Los discípulos confiaban en el poder y en la fuerza, Jesús les enseñó acerca de la humillación y de la debilidad, porque... ¿Qué hay más débil que un niño?:

Mateo 18: 2-4 “... llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.

Ese niño que Jesús puso en medio de los discípulos, se debió sentir tremendamente humillado en ese momento; ¡Imaginémoslo! ¡Un simple niño en medio de los santos y elegidos del Mesías! ¡Un simple niño en medio de aquellos tres que justamente habían venido de estar con el Señor en el Monte de la Transfiguración con Moisés y Elías, y de aquellos otros que habían estado echando fuera demonios de un muchacho lunático (aunque no lo consiguieron). ¡Realmente, se sentían muy importantes!, y el niño muy sana y santamente humillado...

La paradoja divina era muy evidente: Ese niño humillado, en su debilidad, tenía más poder que todos aquellos grandes discípulos de Cristo que discutían acerca de quién iba a ser el mayor en el Reino de los Cielos.

Años más tarde, el apóstol Pablo reconocería lo siguiente: “...cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12: 10).

“Capernaum cayó por su soberbia y altivez - Mateo 11: 23, 24. Capernaum no supo seguir el ejemplo del niño que la habitaba”

“Capernaum cayó por su soberbia y altivez - Mateo 11: 23, 24. Capernaum no supo seguir el ejemplo del niño que la habitaba”

2. ¿Qué tenía o no ese niño el cual Cristo presentó como ejemplo a seguir?

Cristo les enseñó que debían “volverse y hacerse de nuevo como niños” para entrar de verdad en el Reino de los Cielos (Mt. 18: 3). Puesto que Jesús puso de ejemplo a ese niño, estudiemos acerca de ese niño y de su carácter. Leemos en Marcos 9: 33-36;

Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor. Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos

El niño de Su casa
Ese niño el cual Jesús puso en medio de ellos como ejemplo a seguir se encontraba en la casa donde Jesús vivía en Capernaum. No sabemos quienes eran los padres de ese niño, posiblemente era hijo de alguno de los hermanos o hermanas del Señor, y por lo tanto sobrino de Jesús. Quizás era hijo de alguno de los cuidadores de la casa, o quizás hijo de algún vecino cercano. Evidentemente, ese niño era muy conocido de Jesús, y seguramente el niño, a su vez, conocía bien a Jesús. Jesús no se iba a equivocar a la hora de dar un ejemplo a sus discípulos.

Ese era un niño muy sencillo y sensible que se humilló ante el llamamiento de Jesús y por el hecho de estar en medio de los discípulos:

(Mateo 18: 2-4) “Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño...”

“La verdadera humildad no es señal de debilidad, sino de fortaleza, ya que espera y reposa en Dios y en Su fuerza”

“La verdadera humildad no es señal de debilidad, sino de fortaleza, ya que espera y reposa en Dios y en Su fuerza”

A. El carácter del niño de la casa de Capernaum
Curiosamente, Jesús había reprochado con severidad la incredulidad y dureza de corazón de las gentes de Capernaum:

(Mateo 11: 23, 24) “Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti”.

Sin embargo, ahí había una excepción: Un niño.

¿Cómo era ese niño?
Ese niño era como hemos de ser nosotros también. Veámoslo con atención:

(a) Se humilló ante los demás:

  • 1. No se sintió humillado a causa de su orgullo herido, sino que voluntariamente se humilló porque era humilde de corazón.
  • 2. No se sintió mal u ofendido porque atentaran contra su intimidad personal.
  • 3. Tampoco experimentó temor de ser reprendido, porque tenía la conciencia en paz.
  • 4. Sólo se humilló ante los presentes, tal y como los niños sin contaminar hacen.

Esa sana humillación es la condición para ser grande en el Reino de los Cielos:

(Mateo 18: 4) “Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.

Poco antes enseñó Jesús:

(Mateo 5: 3) “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

“Pobre de espíritu” es aquel que reconoce su propia debilidad e insuficiencia como hombre, y decide depender y esperar en Dios. Todo ello es sinónimo de verdadera humildad

Lo contrario del orgullo es la humildad, y esa, es la vía para una entrada generosa en el Reino de los Cielos:

Santiago 4: 6 “Dios resiste al soberbio y da gracia al humilde”

Pablo lo enseñó magistralmente:

(Filipenses 2: 3-11)Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.

Demasiadas veces los que nos llamamos cristianos actuamos en nuestra propia autosuficiencia y justicia propia, contrariamente al espíritu de un niño como ese. La pregunta es obligada:

La pregunta obligada
Al ir entendiendo más sobre todo este asunto: ¿Podría el Señor ponernos como ejemplo ante los demás, así como lo hizo con ese niño de Capernaum?

  • Si es “sí”, ¿por qué?;
  • Y si es “no”, ¿por qué no?...

El orgullo no siempre es como el ejemplo que brinda el león, es decir, directo y apabullante; muchas veces es sutil y enmascarado con falsa humildad"

“El orgullo no siempre es como el ejemplo que brinda el león, es decir, directo y apabullante; muchas veces es sutil y enmascarado con falsa humildad. Normalmente somos más orgullosos que lo que solemos admitir”

Examinando acerca del corazón de ese niño de la casa de Capernaum (Mc. 9: 33-37), comprenderemos mejor que es lo que el Señor espera de cada uno de nosotros en términos de carácter. Mateo 18: 4, dice así: “Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”.

La clave aquí es: “que se humille”. Estudiemos más de cerca este concepto:

1. Acerca de la humildad de ese niño

“Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18: 4).

La humildad es una actitud del corazón; es una elección. Uno mismo decide tomar ese paso de ver a los demás como superiores a él mismo, según Filipenses 2: 3, que dice: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.

Nadie puede obligar a otro a humillarse de corazón, aunque se puede llegar a humillar a muchos. Uno mismo toma la decisión de hacerse pequeño; tal y como lo hizo Cristo, quien nos da el perfecto ejemplo:

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2: 5-8)

Eso mismo hizo ese niño, se humilló, porque era lo natural en él, por ser niño.

2. ¿Qué implica esa sana humillación?

Además de ser una actitud de corazón, la humildad posee un carácter en sí misma; una forma de ser y de actuación, por otra parte, totalmente contraria a su antítesis, que es la soberbia.

Siguiendo el ejemplo del niño de Capernaum, en esa verdadera humildad expresada por él, encontramos entre otros los siguientes elementos:

Elementos de la verdadera humildad:

  1. a) La creencia y confianza: La humildad tiende a esperar siempre lo mejor de los demás, y por otra parte, no se resiente si al final eso no ocurre. Ese niño de Capernaum se humilló porque confió en el llamamiento de Jesús; por eso no le importó que le pusieran en medio de los discípulos. Lo contrario a esto es el orgullo, el cual por esencia es desconfiado, y si se arriesga alguna vez a confiar y luego se apercibe de que su presunta confianza ha sido burlada, o piensa que ha sido así, se vuelve amargado y resentido.

Nota: Esa confianza que emana de la humildad no está basada en la ingenuidad, sino en la inocencia.

  1. b) La sencillez: La verdadera humildad reposa en la sencillez. ¿Qué hay más sencillo que un niño? No se parapeta tras ningún tipo de ostentación, sea de tipo material, intelectual, de apariencia, etc. La verdadera humildad se muestra tal y como es, en la belleza de su sencillez e inocencia.

El que pretenda añadir algo más al valor y al don que Dios le ha dado en la vida, se aparta de la humildad verdadera.

  1. c) La dependencia:   Debido a que reconoce que en sí misma no puede ir muy lejos, la verdadera humildad busca la dependencia de Dios. El salmista lo expresó con claridad:En Dios solamente está acallada mi alma; de Él viene mi salvación. El solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio...” (Salmo 62: 1, 2). Esa dependencia también la dirige hacia los demás. No es una dependencia egoísta y exigente, sino es esa misma dependencia que existe entre los miembros de un mismo cuerpo y que el apóstol Pablo expresó con tanta claridad:

“El cuerpo no es un solo miembro, sino muchos...Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?  Son muchos los miembros, no obstante el cuerpo es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros” (I Corintios 12: 14, 18-21).

Hemos sido llamados a vivir vidas de sana interdependencia entre nosotros como cuerpo de Cristo que somos.

  1. d) La valentía: Contrariamente a lo que muchos podrían suponer, la verdadera humildad es valiente. El niño de Capernaum fue muy valiente al creer, confiar, depender de Jesús y obedecerle cuando le llamó para ponerse en medio de los discípulos. No se puso a la defensiva, sino que actuó de forma totalmente vulnerable y dócil. La docilidad y la vulnerabilidad son virtudes de la mansedumbre; y ésta es la mayor de las fuerzas. El verdadero valiente es manso. El que tiene el hábito de estar a la defensiva, todavía no ha crecido suficientemente en mansedumbre.
  1. e) La transparencia: La verdadera humildad obra en la base de la transparencia, de la luz, de la verdad. Nada tiene que ocultar, y tampoco se jacta de no ocultar nada. Obra con naturalidad, porque esa transparencia es parte de la naturaleza del Espíritu Santo. Leemos en 1 Juan 1: 5-7;

“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.

Sólo el que es transparente según la verdadera humildad anda en luz.

  1. f) El espíritu enseñable: Al ser de naturaleza dependiente, la verdadera humildad busca el aprender. Constantemente está aprendiendo de todos y de todo. Nunca llega a la conclusión de que ya sabe suficiente; (a esta conclusión sólo llegan los orgullosos y los perezosos).  Por otra parte, la verdadera humildad posee un espíritu enseñable. No sólo es impulsada a aprender, sino también a ser enseñada. Sólo el que es verdaderamente humilde está abierto siempre a ser enseñado, porque eso requiere de un punto de sana humillación. El orgulloso desecha ser enseñado porque cree que eso atenta contra su valor, ya que éste lo tiene en lo que sabe o cree saber.
  1. g) La fidelidad: La verdadera humildad es fiel. La fidelidad es condición imprescindible para ser digno de confianza. Hay demasiados creyentes que se quejan de que no ven que se confía en ellos; esto es porque posiblemente, no son dignos de confianza debido a que no son fieles. El niño de Capernaum era digno de confianza porque era fiel, y lo demostró al confiar y obedecer el llamamiento de Jesús. La fidelidad es virtud inexcusable del verdadero compromiso. El que vive comprometido hacia Dios y hacia los demás está demostrando que es fiel.
  1. h) La inocencia: La inocencia sólo puede hallarse en el seno de la verdadera humildad, nunca en el orgullo. Muchos han confundido la inocencia con la ingenuidad y se han burlado de ella. No obstante, la Biblia nos enseña a hacer distinción entre una y la otra. En la misma epístola de I de Corintios, versículo 20, el apóstol Pablo enseña: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar”. Claramente el apóstol nos hace una diáfana diferenciación entre una y la otra:

1. La ingenuidad es pensar como piensan los niños, lo cual es inmadurez.
2. La inocencia es ser niños en cuanto a la malicia.

“la inocencia no entiende de orgullo”

“la inocencia no entiende de orgullo”

3. La humildad elemento insustituible de la autoridad espiritual

La verdadera humildad es condición indispensable para ejercer verdadera autoridad espiritual. Si Cristo, que tiene todo el poder y autoridad en los cielos y en la tierra, en alguna manera se comparó con aquel niño de Capernaum, nosotros que somos Suyos, deberemos prestar mucho más que simple atención a esa virtud, la cual el mismo Señor nos ordenó que aprendiésemos de Él:

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón...” (Mateo 11: 29)
Solamente aquel que ande en verdadera humildad podrá ejercer auténtica y eficazmente la autoridad de Cristo.

Pidamos que el Espíritu Santo haga brotar en nosotros cada vez más verdadera humildad, recordando que dicha humildad parte de una auténtica actitud del corazón.

Dios les bendiga.

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
www.centrorey.org
Enero 2010

FIN