Capítulo primero
La condición actual del Hombre
Para entender mejor el concepto de salvación el cual Dios nos propone, antes, sería importante comprender bien cual es la situación real del hombre; el modo en el que se haya la humanidad sin Cristo, ante el Creador.
Deberíamos hacernos la siguiente doble pregunta: ¿De qué hemos de ser salvos, y por qué?
Cuando Dios terminó Su creación (Gn. 2: 1), vio y consideró que todo lo que había hecho era bueno en gran manera (Gn. 1: 31). La muerte no estaba en los planes de Dios. De hecho, no había enfermedades, ni catástrofes naturales, ni ningún tipo de deficiencia. El clima era ideal todo el año, y todo rebosaba vida y esplendor; reflejando el carácter amoroso del Creador.
El hombre fue creado por Dios para mantener una relación de amistad y amor con su Creador, una relación de Padre a hijo, al tiempo de serle encomendada la labor de regir sobre lo que Él había creado (Gn. 1: 28-30). La responsabilidad de todo ello recaía sobre Adán, el primer hombre, y así fue por unos pocos años (Gn. 1, 2).
Todo fue bien, hasta que, usando de su libre albedrío, tanto Eva como Adán, prefirieron romper la armonía con el Creador, quebrando la relación, al decidir creer las promesas mentirosas e infames del diablo, la serpiente antigua (Gn. 3)
El obedecer al diablo, antes que a Dios, produjo la interrupción de la comunicación entre el Creador y sus criaturas, creadas a Su imagen y conforme a Su semejanza (Gn. 1: 27). El relato del Génesis es diáfano:
<<Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal>> (Génesis 3: 1-5)
Cabe insistir que la decisión del hombre de creer al diablo antes que a Dios fue tomada en perfecto uso de su libertad y de su voluntad. Esa decisión motivó la ruptura eterna de relación entre la criatura y su Creador. Por todo ello, la desobediencia de la mujer y luego la del hombre (Gn 3: 6), desencadenó maldición. Esa maldición vino sobre toda la tierra hasta hoy, y continuará hasta que Jesucristo vuelva en gloria e inicie su Reino Mesiánico:
<<…maldita será la tierra por tu causa (la de Adán), con dolor comerás de ella todos los días de tu vida .Espinos y cardos te producirá y comerás el plantas del campo .Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra…>> (Gn. 3:17-19).
Al estar el hombre separado de Dios, la muerte entró en el mundo. No solo la muerte del mismo hombre (Gn 2:17), sino la muerte de todo lo creado sobre la tierra. Esta caída hay que entenderla en toda su medida, también espiritual; significa condenación.
El hombre se condenó a sí mismo al salirse de la cobertura sobrenatural de Dios su Creador. Por lo tanto, hemos de entender que el hombre natural, es decir, el hombre sin Cristo (1 Corintios 2: 14) está condenado, porque está separado de Dios, y está en las manos del Adversario de su alma, el diablo, lo quiera aceptar o no.
Esta es la consecuencia del mal uso de la libertad y de la voluntad que le fueron otorgadas. Dice la Biblia: <<Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron>> (Romanos 5: 12) <<...la muerte entró por un hombre (Adán)...porque así como en Adán todos mueren...>> (1 Corintios 15: 21, 22).
El resultado de la desobediencia de Adán ha quedado bien patente a través de toda la historia de la humanidad: Pecado, maldad, guerras, enfermedades, hambres, desgracias, y un largo etcétera que todos conocemos tan bien, ¡basta sólo echar un vistazo a las noticias de cualquier día!
El hombre no fue creado para ser Dios. Y esto es lo que muchos irresponsables no entienden aún. El pretender ser dios de su vida, le lleva a una inexorable perdición. El hombre no fue creado para eso.
El hombre fue creado para vivir en dependencia de su Creador.
El hombre caído y Satanás
Creyendo el hombre la mentira del diablo de que iba a ser independiente y dueño de sí mismo, muy al contrario, se vio en las manos del Enemigo de su alma. Al obedecer a Satanás, el hombre se hizo esclavo de él hasta hoy. La posición de privilegio y dominio que Dios le había dado al hombre, fue cedida por éste al diablo, al decidir creer y obedecerle, haciendo a Dios mentiroso. Esa es la razón por la cual Satanás llegó a ser <<Príncipe de este mundo>> (Jn. 12:31; 14:30; 16:11). Satanás, el antiguo Lucifer, que tanto odia a Dios, así odia al hombre porque está creado a Su imagen.
Muchos se preguntan por qué Dios autorizó la tentación de Satanás. La respuesta es sencilla. El hombre, como ser libre, debía libremente escoger amar a Dios. Libremente escogió lo contrario.
Satanás, que significa <<adversario>>, el que fuera un precioso querubín (arcángel), en su día se rebeló contra Dios. Quiso ser igual a Dios y arrastró a la tercera parte de lo ángeles en su caída (Ezequiel 28: 12-19; Isaías 14:12-19; Apocalipsis 12: 3, 4). Satanás es un rebelde.
Jesús de Nazaret dijo de él que es el <<padre de mentira>> (Juan 8: 44b). La Biblia dice que su labor es <<robar, matar y destruir>>. No siempre actúa de manera clara, casi siempre lo hace solapadamente a través de mil argucias y engaños ¡incluso se disfraza como ángel de luz para engañar a muchos! (2 Corintios 11: 14). Su principal engaño es negar su propia existencia y la de sus demonios.
La rebelión del hombre recuerda a la de Satanás. ¡Satanás quiso ser como Dios, el hombre quiere ser Dios de sí mismo! El destino de Satanás será el <<lago que arde con fuego y azufre>> (Mateo 25: 41; Apocalipsis 20: 10). Ese también será el destino de todo hombre y mujer que no se arrepiente de su rebeldía (Apocalipsis 20: 15).
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Todo lo que Dios le ordenó al hombre era que no comiera de cierto fruto de cierto árbol; el árbol de la ciencia del bien y del mal, que estaba en el huerto del Edén (Génesis 2: 16, 17).
Era algo sencillo de cumplir. Sin embargo, el problema estaba, no tanto en cuanto a comer del fruto de ese árbol, sino en el por qué de dicha acción, en primera instancia. El motivo por el cual Eva, y luego Adán comieron, no fue tanto por el de una curiosidad malsana, sino por creer el engaño de la serpiente (Satanás) de que serían como Dios; es decir: dueños de sí mismos.
Este es el mismo engaño que subsiste en la sociedad hoy en día; la gente quiere ser independiente y ser dueña de sí misma, ignorando que hay un Dueño del universo y que nadie se pertenece a sí mismo. Adán y Eva llegaron a codiciar el pensamiento de que podían <<ser>> en sí mismos; ese atributo sólo lo tiene Dios. De hecho, el nombre de Dios es JEHOVÁ o YAHWÉ que significa: YO SOY EL QUE SOY (Éxodo 3: 14).
El hombre no puede tener vida en sí mismo. Sencillamente, no es así. El pretender esto, es dar la espalda a Dios el Cual sí es la vida; y perderse para siempre.
El pecado de Adán trajo otra consecuencia añadida: El hombre ya no pudo, ni puede, hacer nada por sí solo para restaurar lo que él mismo rompió, y sigue rompiendo cada día.
Todos los hombres que sucedieron a Adán y Eva fueron alejándose paulatinamente más y más de Dios, sólo hay que leer el relato del libro del Génesis. El mismo Dios declaró: <<...el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud...>> (Génesis 8: 21). Esto quiere decir que desde que el ser humano tiene uso de razón, peca y es un pecador. Esta es la realidad. A pesar de lo que dicen ciertos incautos optimistas, la Biblia asegura:
<<Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque>> (Eclesiastés 7: 20). Prosigue diciendo: <<No hay justo, ni aun uno...por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios>>(Romanos 3: 10, 23).
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El engaño de Satanás es el de hacernos creer que si hacemos más obras buenas que malas, al final nos salvaremos porque la balanza se inclinará más hacia el lado bueno. Veremos que esto no es así, veremos que nuestras buenas obras, dice la Biblia, son como <<trapos de inmundicia>>:
<<Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento>> (Isaías 64:6).
Por eso, Salomón, inspirado por el Espíritu Santo llega a preguntarse: <<¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?>> (Proverbios 20: 9).
A pesar de la observación divina, muchos se creen justos en sí mismos, pero la Biblia, con claridad, advierte: <<Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión, pero Jehová pesa los espíritus>> (Proverbios 16: 2). ¡El hombre no es un buen juez de sí mismo!
El corazón del hombre necesita ser regenerado
Dios considera nuestras mejores acciones y obras, ¡como trapos sucios! Eso choca a priori, pero es una buena comparación. Quiere decir que aunque el hombre natural fuera capaz de cumplir con los Diez Mandamientos (cosa improbable), esto no le justificaría ante Dios.Nada de lo que el hombre pueda hacer por sí mismo y en sus solos esfuerzos podrá llegar a satisfacer el nivel de justicia y santidad que Dios demanda, y todo lo que no llegue al nivel de santidad de Dios, es inmundo.
Muchos hombres intentan aplacar su conciencia a base de buenas obras, pero esas obras no son garantía de nada porque el problema del pecado del hombre estriba en su propio corazón. Dice la Biblia: <<Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso>> (Jeremías 17: 9). El corazón no regenerado es engañoso.
El corazón no regenerado es el resultado de la rebelión del hombre natural, del hombre sin Cristo. Ese corazón se levanta como enemigo de Dios. Sólo Dios puede cambiar ese corazón y darnos el que Él tiene. Así oraba David cuando pecó contra Dios: <<Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu nuevo dentro de mí>> (Salmo 51: 10).
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Es preciso que el corazón del hombre sea regenerado, porque el hombre tiene un verdadero problema de dureza de corazón. Dijo Jesús:
<<Oí, y entended: No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre...lo que sale de la boca, del corazón sale...Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias...>> (Mateo 15: 11, 18, 19).
El pecado genera la muerte espiritual: <<Porque la paga del pecado es muerte...>> (Romanos 6: 23). El pecado origina la separación definitiva de Dios. Cuando el hombre muere en ese estado, su destino final y eterno es el infierno. El infierno es un lugar real de eterno tormento que Dios preparó para Satanás y sus demonios. También es el destino de todos los que mueren sin Cristo.
<<...los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre...>> (Apocalipsis 21: 8).
La dureza del corazón del hombre sin Cristo atrae la justa ira de Dios:
<<Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para tí mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios>> (Romanos 2: 5)
Algunas personas quieren evitar este punto diciendo que el amor de Dios cancela la ira. ¡El problema es que malentienden el amor de Dios! Si prestamos cuidadosa atención a lo que dice este versículo que hemos leído, lo que vemos es que es el mismo pecador el que acumula o atesora ira para sí mismo. ¡El mismo se autocondena!
Si un hombre comete un asesinato, ¿acusamos al juez por emitir un veredicto de condena? ¡No! Fue el asesino el responsable de su destino. El asesino se autocondenó cuando cometió el asesinato; el juez sólo aplicó el código de justicia.
Así pues, el hombre por sí mismo, ni es bueno, ni puede llegar a serlo, ni nunca podrá llegar a agradar a Dios con sus propios esfuerzos, obras, buenas intenciones o cumplimiento de, aunque bien intencionada, religión determinada.
La humanidad, por tanto, está condenada; o más bien, autocondenada.
Isaías 53: 6, resuelve la cuestión, diciendo: <<Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino...>>
¡El hombre no es básicamente bueno, sino básicamente malo! Es malo porque decidió apartarse del Único que le puede hacer bueno: Dios, el único bueno (Lucas 18: 19).
La jarra de cristal con agua sucia
Respecto a la errónea enseñanza que asegura que si hacemos más obras buenas que malas, al final nos salvaremos porque la balanza se inclinará más hacia el lado bueno, hay un ejemplo que nos puede ayudar a entender como Dios ve el asunto en cuanto a esos esfuerzos humanos para llegar a ser justo.
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Imagínese que tiene en su mano una jarra de cristal llena de agua sucia, ¿qué haría Vd. para que, en vez de tener esa agua sucia que no sirve para nada, pudiera tener agua limpia y cristalina que pudiera calmar su sed? ¿Añadiría agua limpia a la sucia? Estoy seguro que no haría eso.
Añadir agua limpia al agua sucia, ¡sería de tontos! En todo caso, lo que haría sería vaciar la jarra, limpiarla, y entonces ya estaría preparada para ser rellenada de agua limpia.
La inmensa mayoría de nosotros por años hemos intentando añadir agua limpia, que simbolizaría nuestros pobres esfuerzos por hacer lo correcto, al agua sucia. ¡Al final no teníamos más que... más agua, y agua siempre sucia!
Pero, ¿Quién puede vaciar la jarra, que representa nuestro ser, de su contenido de suciedad, que simboliza el pecado; limpiarla del todo y añadir agua limpia, que calme la sed de amor, de justicia, y de sentido?
¡El hombre necesita un Salvador!
¡Si no hubiera Dios hecho algo, el hombre estaría irremisiblemente perdido para siempre!, pero Dios ideó un plan para salvar a los hombres desde antes de la fundación del mundo. La iniciativa siempre es de Dios.
© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España.
Mayo 2006
www.centrorey.org
