
En este pequeño escrito queremos enfatizar la importancia de predicar el Evangelio de forma bíblica, ajustada a la Palabra, y no según parámetros humanistas y racionalistas, fuera del verdadero orden de Dios.


“…a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hchs. 2: 36, 37)


(Juan 15: 1-6) “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden”


“Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación” (Hchs. 17: 26)


La verdad de Dios está compuesta por verdades la cual la constituyen. Es como un prisma formado por innumerables espejos o partículas de luz. Desde lejos se ve uniforme, pero conforme te acercas, se ven las diferentes partes de ese prisma.


“Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4: 10)

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros” (1 Juan 4: 7-11)


Jesucristo no hablaba en vano. No decía cosas por decir, sin importarle el fondo, ni tampoco la forma de la cuestión. Muy al contrario, el Maestro decía lo que decía, porque lo quería decir, y siempre lo dijo, y de frente, con claridad, nitidez y veracidad.