
| Historia de los papas de Roma | |||||
HISTORIA DE LOS PAPAS DE ROMA: LA SIMIENTE DEL FALSO PROFETA(X)Índice del Tema
1-La Contrarreforma: concilio de TrentoViendo que media Europa se hacía protestante, Roma se vio en la urgente necesidad de blanquear sus paredes, empezando por el mismo papado. Ya no nos encontraremos con papas descaradamente asesinos o abiertamente herejes; aunque el nepotismo no se erradicaría del todo, ni mucho menos. La imagen de cara al exterior había que empezar a cuidarla. Avances tecnológicos como la imprenta, habían hecho que las noticias escritas corrieran con mayor celeridad por todo el mundo. El mundo era ya más consciente y sabedor de lo que era Roma realmente, a pesar de la inconsciente ceguera de muchos, incluso hasta hoy en día. No obstante, el “Santo Oficio” o Inquisición estaría más activo que nunca, tratando de erradicar con la muerte más horrible a todos aquellos que no se sujetaban al papa romano. |
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“Esta es la obra de la Inquisición del tiempo de Felipe II: ejecución de “herejes” mediante tortura y fuego”
Al principio, los Reformadores, no se llamaban a sí mismos con el apelativo de protestantes, porque esa palabra no se había inventado aún (la inventaron los católicos). Muchos eran los que deseaban una reforma en la iglesia de Roma, ese sentir existía desde hacía al menos doscientos años. En un principio, ni Lutero ni Calvino deseaban abandonar la iglesia romana, ansiaban verla transformada desde adentro. Pero claro, ellos no comprendían en un principio que es imposible reformar algo que está corrompido desde la misma base; hasta la médula, como es el caso de la institución católico romana.
Evidentemente, pasado un poco de tiempo, cambiaron de parecer, viendo en esa institución satánica a la propia Gran Ramera del Apocalipsis de Juan. Durante ese proceso, los papas, no obstante, estaban furiosos por las verdades que los Reformadores les declaraban, hasta el punto de no sólo excomulgarles, sino de querer enviarles a las llamas.
Sólo la protección de ciertos príncipes alemanes evitó que eso fuese así, por la gracia de Dios. En aquel tiempo, la presión en el pueblo y en la nobleza por parte del papado era insufrible. Escribe Hunt:
“Al estar hartos del despotismo arrogante del papado, con su presión y matanza de cualquiera que no consintiera con sus imperiosas demandas, multitudes siguieron a Lutero y Calvino y los otros líderes de la Reforma en abandonar la Iglesia de Roma, mareados con las primeras bocanadas de aliento de libertad espiritual que habían inhalado en sus vidas” (Hunt, A Woman Rides the Beast, p. 199).
La popularidad del sistema político-religioso romano estaba en un nivel bajo cuando se reunió el Concilio Tridentino en el año 1545. Una inmensa mayoría de obispos no italianos, sobre todo, y demás clerecía anhelaban una reforma de la iglesia romana en profundidad, y muchos creyeron ingenuamente que Trento la iba a producir, y de ese modo, los que la habían abandonado podrían regresar; por cierto, este sigue siendo el deseo de muchos en la actualidad, pero la iglesia de Roma jamás cambia, ¿no es ella infalible? Ella es “Semper eadem” (siempre la misma).
Describe el teólogo José Manuel Díaz Yanes a la iglesia de Roma de la forma siguiente: “La Iglesia Católica es - semper eadem -. No cambia. Es cual camaleón que adapta el color de su cuerpo al de los objetos que tiene junto a él, pero sigue siendo un camaleón. A los ojos de los otros animales, se asemeja a cualquier otra cosa, pero sigue siendo un camaleón. La iglesia romana es igual: se adapta cual camaleón a cualquier circunstancia siempre que le beneficie, pero en el fondo sigue siendo la misma iglesia que salió de Trento…”.

“Roma es: “Semper Eadem”; ciega, y mil veces ciega”
No obstante, el papa y su curia romana tenían otros muy diferentes planes. El obispo Coriolano Martorano, dio el discurso de apertura del concilio. Von Dollinger describe su oratoria: “El cuadro que Martorano describió de los cardenales y obispos italianos, su sanguinaria crueldad, su avaricia, su orgullo, y la devastación que habían producido en la Iglesia, era algo perfectamente chocante. Un escritor desconocido, que había descrito esta primera reunión en una carta a un amigo, piensa que Lutero mismo nunca habló más severamente” (Von Dolliger, op. cit. p. 298).
Este hombre en su discurso alentó a los que tenían esperanza de una reforma; lamentablemente, muy pocos de los que pensaban de esa forma estaban presentes porque Paulo III, a través de los jesuitas, había llenado el concilio con sus propios hombres de confianza.
El discurso del obispo Martorano fue como una voz en el desierto que clamaba por ir a un hipotético cristianismo. Pero ese concilio, controlado por los jesuitas vería su más estrepitoso fracaso espiritualmente hablando.
Psalmei dice que cuando un delegado no italiano se atrevió a formular cargos verdaderos en contra del papado, los obispos italianos, mayoría en la sala, gritaron, golpeando con los pies y clamando: “maldito desdichado, no debe hablar; habría que procesarlo de inmediato” (Psalmei, Coll, Actor, en Le Plat, VII,II. 92). Esto mismo ocurriría siglos más tarde en el Concilio Vaticano I.
Von Dollinger asegura que un famoso testigo ocular escribió después que se dio apertura al concilio, de que nada se podía esperar de los “obispos monstruosos” que estaban allí. No había “nada episcopal en ellos, excepto sus largas sotanas...habían llegado a obispos mediante el favor real, mediante la solicitación, mediante la compra en Roma, mediante artes criminales, o después de largos años en la Curia”.
“Todos ellos deben ser depuestos si es que Trento ha de producir algo digno, pero eso era imposible” (Dollinger, op. cit. pp. 298-299).
Pallavicini, contemporáneo también, escribió: “Los obispos italianos no sabían de otro objetivo excepto el de dar apoyo a la Sede Apostólica y su grandeza” (Storia del Concilio di Trento, p. 425 (ed. Milano, 1844).
Nos detendremos un poco en esta sección para aclarar cuestiones doctrinales importantes. Hablemos sucintamente del Concilio de Trento (1543-1563). Este concilio, como ya venimos diciendo, fue la respuesta a la Reforma, por lo tanto fue el concilio de la Contrarreforma, ya que se dirigió a contradecir y anatemizar el mensaje de los Reformadores.
En él, se definieron doctrinas y dogmas como la cuestión de la justificación, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto a los santos, las imágenes, etc. De hecho, Trento fue la respuesta árida y devastadora a la Reforma protagonizada por católico-romanos que despertaron al leer con atención y fe lo expuesto en la Biblia.
Trento fue la respuesta aplastante a la firmeza demostrada por hombres católicos, valientes y sinceros que todos conocemos, y que no callaron frente a las presiones de Roma. Anteriormente, en la fecha de 1415, fue condenado Juan Huss en el Concilio de Constanza a morir abrasado. Huss dijo justo antes de morir: «A mi, a un pobre ganso, (Huss significa ganso en alemán), mandáis a las llamas, pero dentro de cien años, Dios Todopoderoso levantará a otros hombres que no podréis detener». Cien años justos más tarde, en 1515, se originó la Reforma.
En el Concilio en cuestión, se definieron hasta la fecha, y de forma inalterable para siempre la enseñanza y dogmas de la iglesia de Roma. Fue publicado un nuevo Credo donde se añadieron por primera vez como artículos de fe, los siguientes:
Al decir ser el obispo de Roma, Vicario de Cristo sobre la tierra, proclamaba su supuesta autoridad y primacía sobre cualquier otro obispo cristiano y cualquier otra iglesia cristiana donde estuviera, ¿es éste el espíritu y enseñanza de Cristo?, no; veamos: “Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mateo 23: 8-10).
Trento anatemizó como herejía la doctrina bíblica de la Reforma de que somos justificados por la sola fe, o sea, sin el concurso de las obras (ver Romanos 3: 28, Romanos 5: 1, Efesios 2: 8, 9, etc.), por la imputación de la justicia de Cristo (ver 2 Corintios 5: 21). Por otra parte, Trento definió que el instrumento para recibir el primer paso en el proceso de justificación es el bautismo; sin embargo, la Biblia nos enseña que el instrumento es la fe. El bautismo será la confirmación pública de esa justificación alcanzada por la sola fe en los únicos méritos de Cristo.
La iglesia de Roma enseña que es a través de los sacramentos establecidos y definidos por ella misma, a los cuales ahora nos referiremos, que el fiel tiene acceso a la gracia de Dios, o dicho de otro modo, a tener supuesta paz con Dios. El concilio de Trento definió que los sacramentos de la Nueva Ley son siete, y sólo siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia (confesión auricular), Extremaunción, Orden Sacerdotal y Matrimonio.
El catolicismo romano es un sistema sacramental, ya que todos los “pasos” de la salvación dependen de algún modo de la “gracia sacramental”, es decir, de la que supuestamente facilitan esos sacramentos. Trento enseña que la gracia de Dios al fiel católico se canaliza a través de los siete sacramentos expuestos, y ya tan consabidos, siendo la misma institución romana la que administra esa gracia en definitiva.

“La consolidación tridentina de los sacramentos romanistas fue una intervención urgente y necesaria ante el empuje de la Reforma”
El Vaticano II diría más tarde que “La Iglesia (romana) es en Cristo como un sacramento...”. Esto es una aberración, y no deja de ser el pronunciamiento más sectario que se haya oído jamás.
La administración de la gracia de Dios no es mediante “sacramentos” de institución de hombres, sino mediante Dios mismo a través de Su Hijo, y por Su Espíritu (Hchs 14: 3; 15: 11, 20: 32; Ro 1: 5, 7; 3: 24; 4: 16 etc. etc.). La gracia de Dios es multiforme, y la recibimos por la fe, la cual es un don de Dios también para todos aquellos que tengan un corazón para amar a Dios (Ef. 2: 8).
El problema estriba en que la iglesia de Roma pretende tomarse las mismas atribuciones que sólo le corresponden a Dios. Ningún “sacramento”, mandamiento de hombres por disposición de hombres podrá ejercer algún beneficio de parte de Dios el Cual ha instituido Su propia manera de hacer las cosas y las ha declarado en Su Palabra, la Biblia. El problema del hombre estriba cuando este intenta decirle a Dios cómo debe hacer las cosas, y aún peor, cuando por su cuenta y riesgo las establece añadiendo que “así lo quiere Dios”, tomando Su nombre en vano.
¡El Señor del universo se basta a Sí mismo para administrar Su gracia ilimitada para todos Sus hijos amados, y esos hijos amados, los que han experimentado un nuevo nacer (Jn 3: 3), son Su Iglesia Universal!; así que, es Dios quien directamente llega al hijo de Dios.
Imagínese a un eterno intermediario entre usted y su esposa, siempre debiendo comunicar y relacionarse uno con el otro a través de esa hipotética tercera persona; sería inverosímil ¿no es cierto?, pues esto es lo que la institución religiosa romana siempre ha pretendido, que usted tenga una relación con Cristo a través de ella. Nunca el Señor pretendió levantar un organismo religioso de esa clase. Roma jamás quiso entender cual es el propósito del Evangelio: lo que nuestro Dios quiere es tener una relación personal e íntima con cada uno; esto sólo es posible a través de Jesucristo porque “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre, bajo el cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hechos 4: 12); ¡esta es la Buen Noticia!
Roma dice que “por la regeneración bautismal”, el más tierno bebé entra en la iglesia y comienza su vida “sacramental” que perdura hasta después de la muerte, porque la iglesia (romana) alcanza a las almas del purgatorio mediante sus “sufragios” es decir, (plegarias, indulgencias, misas). La institución romana se constituye dios de cada católico, la cual le sigue ¡hasta después de muerto el fiel! ¡Qué horror! La iglesia de Roma insiste y sigue insistiendo que sólo es a través de ella misma que el individuo puede llegar al cielo un día, pasando por el purgatorio, y que no hay otra manera. Este es el defecto de base de toda secta, y Roma es la madre de todas ellas.
En modo alguno la iglesia de Roma puede ser cristiana. En modo alguno.
Sin embargo, estos llamados sacramentos no fueron sino definiéndose lentamente a través de la historia.
La pregunta obvia es: Si los siete sacramentos, por los cuales según Roma, se recibe la salvación, no se definieron realmente hasta la fecha de 1550, ¿Cómo se salvaba la gente antes de esa fecha?
Los sacramentos de Roma son una añadidura a lo que enseña la Biblia, y la misma Palabra de Dios nos exhorta a no añadir nada a ella: “No añadiréis a la Palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Yahvéh vuestro Dios que Yo os ordeno” (Deuteronomio 4:2).
Me detuve ante el testimonio de un ex sacerdote católico, Miguel Carvajal, y he querido reproducirlo aquí:
“...uno de los profesores en el pizarrón estaba escribiendo todos los años en los que habían sido establecidos los diferentes dogmas de la Iglesia de Roma, y al final...luego que estuvo todo escrito, dijo: “Bueno, ¿qué sería de la Iglesia Católica si tuviéramos que anular todos estos dogmas?’’ Y él mismo, razonando, dijo: ‘’Yo creo que quedaríamos en nada’’. Entonces ese fue el primer impacto en mi vida, y de ahí comenzaron grandes preguntas, como por ejemplo, ¿por qué Jesucristo no habrá predicado el evangelio completo y dejó la tarea a la Iglesia para que establezca dogmas y nuevas doctrinas?”.
El católico-romano medio no está seguro de su salvación en absoluto. Se le ha enseñado siempre que “nadie sabe, sólo Dios”. Los sacramentos, a pesar de la importancia suma con que Roma los alaba, no conceden al fiel que los recibe seguridad alguna acerca de lo más básico de la fe cristiana verdadera: la salvación y la seguridad de haberla recibido. Esto es triste. ¡¿De qué sirve seguir concienzudamente todos los pasos que exige la religión de Roma, si nadie que la practique puede tener la seguridad de la salvación?! Hunt escribe:
“Para el católico, la salvación no viene mediante recibir a Cristo como Salvador personal, sino que es un extenso proceso que comienza con el bautismo, y de ahí en adelante depende de la relación continua de la persona con la Iglesia. La salvación viene mediante la participación en los sacramentos, penitencias, buenas obras, sufriendo por los pecados personales y los pecados de otros aquí y/o en el purgatorio, indulgencia para reducir el tiempo en el purgatorio, y cantidades casi interminables de misas y rosarios dichos a favor del feligrés aún después de la muerte. El “evangelismo” católico es por obras, la antítesis propiamente dicha de “el evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20: 24)”.
El Concilio de Trento, en su sesión número seis, concluyó diciendo que las buenas obras personales no sólo nos justifican delante de Dios, sino que son esenciales para la salvación. Así lo afirma el Canon 24 de ese mismo Concilio de Trento. Esto implica que sólo Dios sabe cuantas “buenas obras” hay que hacer y meritar para llegar al cielo. El católico romano es un esclavo de su propia creencia; es un esclavo de su iglesia.
(Continuará)
© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España. 2009
www.centrorey.org