HISTORIA DE LOS PAPAS DE ROMA: LA SIMIENTE DEL FALSO PROFETA

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 Índice del Tema

1-La Contrarreforma: concilio de Trento

Viendo que media Europa se hacía protestante, Roma se vio en la urgente necesidad de blanquear sus paredes, empezando por el mismo papado. Ya no nos encontraremos con papas descaradamente asesinos o abiertamente herejes; aunque el nepotismo no se erradicaría del todo, ni mucho menos. La imagen de cara al exterior había que empezar a cuidarla.

Avances tecnológicos como la imprenta, habían hecho que las noticias escritas corrieran con mayor celeridad por todo el mundo. El mundo era ya más consciente y sabedor de lo que era Roma realmente, a pesar de la inconsciente ceguera de muchos, incluso hasta hoy en día. No obstante, el “Santo Oficio” o Inquisición estaría más activo que nunca, tratando de erradicar con la muerte más horrible a todos aquellos que no se sujetaban al papa romano.

“El jesuita Ignacio de Loyola, principal de la Contrarreforma”

“El jesuita Ignacio de Loyola, principal de la Contrarreforma”

En todo ese tiempo atrás, el poder de Roma había estado en auge dictando al mundo sus deseos en forma de órdenes. He aquí una muestra del poder papal de la época: El papa León X, prohibió que los tribunales civiles en cualquier país juzgaran a alguien por un crimen del cual el presunto transgresor hubiera sido absuelto por Roma mediante el pago fijado por cada ofensa (pago monetario). Si algún juez pasara por alto esa disposición papal, automáticamente se le excomulgaba. El ser excomulgado también significaba el perder la ciudadanía, puesto que las autoridades civiles estaban sujetas a las autoridades eclesiásticas. Era el tiempo de la esclavitud universal de la religión. Era preciso que todo ese desorden ético y moral decreciera. Era preciso un cambio. Ese cambio fue la Reforma, pero ésta obtuvo la respuesta agria de Roma: La Contrarreforma.

a-Julio III, el papa mal aconsejado

JULIO III (1550-1555), fue elegido por el cónclave. Este papa, sus cardenales cuando subió al solio pontificio,  le aconsejaron esto:

“Hay que abrir bien los ojos y usar toda la fuerza posible en la cues­tión, a saber,  para permitir lo menos posible la lectura del Evangelio especialmente en lengua nativa, en todos los países bajo la jurisdicción. Baste la pequeña parte del Evangelio leída usualmente en la misa, y no se permita que nadie lea más. En cuanto el pueblo esté contento con esa pequeña porción, florecerán los intere­ses de vuestra Santidad, pero cuando el pueblo quiera leer más, sus intereses comen­zarán a fallar. La Biblia es un libro que, más que cualquier otro, ha levantado contra nosotros los alborotos y tempestades, por los cuales casi perecemos. De hecho —escriben los cardenales—, si alguien examina de cerca y compara las en­señanzas de la Biblia, como ocurre en nuestras iglesias, entonces encontrará discordias y comprenderá que nuestra enseñanza es muchas veces diferente a la Biblia y nunca cesará de desafiarnos hasta que todo sea expuesto y entonces nos volveremos objeto de burlas y odios universales. Por tanto, es necesario retirar la Biblia de la vista del pueblo, pero con cuidado, a fin de no causar rebelión”(énfasis nuestro).

Dese cuenta el lector de que se está tratando. La iglesia de Roma siempre ha sido la primera y tremenda opositora al Libro que pretende poseer y defender: la Biblia.

“Julio III, el papa mal aconsejado”

“Julio III, el papa mal aconsejado”

La elección final de ese papa Julio III no fue fácil. El cónclave estuvo reunido desde el 29 de noviembre de 1549, hasta febrero de 1550. Ese cónclave, formado por cardenales de dos tendencias dispares no se ponían de acuerdo; de hecho hubo violencia, cruzándose acusaciones como ésta, la que nos da a conocer el comentarista católico romano, Gelmi:

“Nosotros queremos un buen papa, pero vosotros (los del otro bando) queréis uno que sirva al cuerpo y no al alma; no queremos ver electo a un papa como los cuatro o cinco últimos, que se olvidaron de la Iglesia para enriquecer a sus sobrinos”.

Nótese que los mismos cardenales aceptaban y reconocían el hecho de que los papas eran corruptos; ¿Qué ocurre aquí con la infabilidad papal y la infabilidad de la Iglesia romana? Si algún cardenal hubiera sido lo suficientemente íntegro como para desear que la elección del papa fuera correcta de acuerdo con su hipotética virtud, desde luego, tuvo que sentirse defraudado también en esta ocasión (y como siempre).  Julio III, fue un hombre aficionado a los placeres de la vida; además, no abandonó la costumbre nepotista tampoco. Elevó al cardenalato entre otros al hijo adoptivo de su hermano que contaba a la sazón quince años de edad.

Julio III, se alió políticamente con Carlos I  de España, declarando incluso la guerra a Enrique II, sucesor de Francisco I, rey de Francia; el motivo no tenía nada que ver con lo religioso siquiera: Recuperar la ciudad de Parma.  

Dos pensamientos tenía Julio III, el primero, hacer lo posible para que los ingleses abandonasen la idea, contraria a los intereses papistas, de llevar adelante el proyecto de una Iglesia de Inglaterra. Se alegró cuando después de Enrique VIII, subió al trono de Inglaterra, María su hija, acérrima católico romana, llamada “Bloody Mary”, es decir, “María la Sanguinaria”. La razón de llamarla así obedecía a la persecución sanguinaria, a extremos inauditos que esa reina llevó a cabo contra todos sus súbditos anglicanos. Además abolió por ley de enero del 1555 todo lo establecido por su padre el rey Enrique.

“Retrato de María Tudor, alias María la Sanguinaria (Bloody Mary), reina de Inglaterra. Su rostro evoca una maldad evidente”

“Retrato de María Tudor, alias María la Sanguinaria (Bloody Mary), reina de Inglaterra. Su rostro evoca una maldad evidente”

Lo que ya no vio Julio III, porque sucedió tres años después de que partiera hacia la eternidad, fue el hecho de que la sucesora de María, la reina Isabel, reinstaurara las leyes anglicanas de Enrique VIII, y ya de manera definitiva.

El segundo pensamiento del papa fue el de reemprender el Concilio. En el 1551, dio reapertura al Concilio de Trento, que había suspendido su antecesor por temor a que sus desavenencias con el emperador le perjudicaran justo antes de morir. Entre tanto, tras importantes batallas, en las que muchos de ambos bandos murieron estúpidamente, poco después, enfermo de gota, el emperador Carlos I de España y V de Alemania, se vio obligado a firmar la llamada Paz de Augsburgo, que sancionara el triunfo de la Reforma protestante. Deseoso de la verdadera paz que no tuvo, por rechazar el Evangelio de la paz, se retiró al monasterio de la localidad extremeña de Yuste, donde pasó allí dos años antes de morir en el 1558. Antes de todo esto, el papa Julio III, mal aconsejado por sus médicos, o quizás por su propia cerrazón, aceleró su muerte a causa de seguir un imprudente régimen dietético al que se sometió para curarse la gota. Reducido a extrema debilidad, falleció el 23 de marzo de 1555. En su modesto sarcófago sito en los sótanos del Vaticano, por toda inscripción figura sólo su nombre papal: “Julio III”. Este fue aquel papa, mal aconsejado por sus cardenales.

2-Protestantismo, España, Carlos I y Felipe II

Lo triste en cuanto a la Reforma, y no es culpable la Reforma en sí de ello, es la oportunidad que los soberanos, príncipes y señores feudales encontraron para ocultar tras ella los verdaderos intereses militares, políticos, personales y económicos y de poder que les movían. Aunque el mensaje de la Reforma era evangélico, nada evangélica fue la actuación de muchos de los príncipes “protestantes”, que aprovecharon los nuevos aires de libertad para buscar su propio interés. Muchos de los príncipes protestantes supieron barrer para su casa. Escribe Durant:

“El verdadero victorioso no fue la libertad de culto sino la libertad de los príncipes. Cada uno, al igual que Enrique VIII de Inglaterra, se volvió la cabeza suprema de la Iglesia (ya bien católica o protestante) en su territorio, con el derecho exclusivo de designar al clero y los hombres que debían definir la fe obligatoria” (Durant, op.cit., tomo VI, p. 453).

No obstante, en lo político, supieron los príncipes unirse en un frente común contra el emperador hasta alcanzar de él un compromiso, la ya mencionada paz de Augsburgo.

“El emperador Carlos I de España, y V de Alemania”

“El emperador Carlos I de España, y V de Alemania”

En el bando católico romano se encontró sobre todo España, que decidió por mano de Carlos I de España y V de Alemania, y posteriormente de su hijo Felipe II, la casa de los Austrias, tomar el testigo imperial para defender el catolicismo romano contra el protestantismo. Esto no acarreó sino pesares entonces, y una maldición espiritual de la cual, todavía no ha acabado de levantar cabeza a fecha de hoy. Esa maldición venía a superponerse a la anterior, cuando los Reyes Católicos expulsaron de España a los judíos.

Carlos I de España, recibió el Evangelio y casi se convirtió a Cristo, pero, luego sopesando en términos de intereses políticos lo que podría perder, se lo pensó dos veces, y lo rechazó; más aún, se volvió enemigo del Evangelio, y esa herencia de maldición la pasó a su hijo Felipe.

Un ejemplo del odio que Felipe II dispensaba hacia el Evangelio y hacia los cristianos es cuando gustosamente asistió a la ejecución en la hoguera, tras terrible tortura, de su prima la condesa Isabel, que se había convertido a Cristo. La Inquisición la había condenado a muerte en las llamas y ahí estaba su primo, el rey Felipe II, disfrutando de ese espectáculo (tal como él mismo declaró), viendo la horrenda muerte de una hereje.

Pero Dios, en su justicia, después de haber dado muchas oportunidades al rey español para que se arrepintiera de sus pecados y se convirtiera, permitió que su muerte fuera incluso más horrible si cabe que las muertes de esos herejes que él contemplaba con satisfacción. Felipe II murió atormentado por una dolorosa enfermedad. Hacía ya casi dos meses que permanecía postrado en el lecho de muerte sin que nadie se atreviese a lavarlo: Explica Fornerón:

“No le cambiaban las ropas, ni le lavaban; las sábanas estaban impregnadas de sudor y supuraciones. Los piojos invadían aquel cuerpo; se le caían todos los cabellos y la barba; los medicamentos hacían manar del muslo dos escudillas de pus y la carne se desprendía de los riñones y de la espalda. Los parásitos le devoraban la piel; la cangrena se cebaba en su carne y en sus llagas...”. Así murió el gran rey inquisidor enemigo del Evangelio, Felipe II, el 13 de septiembre de 1598.

“Esta es la obra de la Inquisición del tiempo de Felipe II: ejecución de “herejes” mediante tortura y fuego” “Esta es la obra de la Inquisición del tiempo de Felipe II: ejecución de “herejes” mediante tortura y fuego” “Esta es la obra de la Inquisición del tiempo de Felipe II: ejecución de “herejes” mediante tortura y fuego”

“Esta es la obra de la Inquisición del tiempo de Felipe II: ejecución de “herejes” mediante tortura y fuego” 

3-El Concilio de Trento versus la Biblia

Al principio, los Reformadores, no se llamaban a sí mismos con el apelativo de protestantes, porque esa palabra no se había inventado aún (la inventaron los católicos). Muchos eran los que deseaban una reforma en la iglesia de Roma, ese sentir existía desde hacía al menos doscientos años. En un principio, ni Lutero ni Calvino deseaban abandonar la iglesia romana, ansiaban verla transformada desde adentro. Pero claro, ellos no comprendían en un principio que es imposible reformar algo que está corrompido desde la misma base; hasta la médula, como es el caso de la institución católico romana.

Evidentemente, pasado un poco de tiempo, cambiaron de parecer, viendo en esa institución satánica a la propia Gran Ramera del Apocalipsis de Juan. Durante ese proceso, los papas, no obstante, estaban furiosos por las verdades que los Reformadores les declaraban, hasta el punto de no sólo excomulgarles, sino de querer enviarles a las llamas.

Sólo la protección de ciertos príncipes alemanes evitó que eso fuese así, por la gracia de Dios. En aquel tiempo, la presión en el pueblo y en la nobleza por parte del papado era insufrible. Escribe Hunt:

“Al estar hartos del despotismo arrogante del papado, con su presión y matanza de cualquiera que no consintiera con sus imperiosas demandas, multitudes siguieron a Lutero y Calvino y los otros líderes de la Reforma en abandonar la Iglesia de Roma, mareados con las primeras bocanadas de aliento de libertad espiritual que habían inhalado en sus vidas” (Hunt, A Woman Rides the Beast, p. 199).

La popularidad del sistema político-religioso romano estaba en un nivel bajo cuando se reunió el Concilio Tridentino en el año 1545. Una inmensa mayoría de obispos no italianos, sobre todo, y demás clerecía anhelaban una reforma de la iglesia romana en profundidad, y muchos creyeron ingenuamente que Trento la iba a producir, y de ese modo, los que la habían abandonado podrían regresar; por cierto, este sigue siendo el deseo de muchos en la actualidad, pero la iglesia de Roma jamás cambia, ¿no es ella infalible? Ella es “Semper eadem” (siempre la misma).

Describe el teólogo José Manuel Díaz Yanes a la iglesia de Roma de la forma siguiente: “La Iglesia Católica es - semper eadem -. No cambia. Es cual camaleón que adapta el color de su cuerpo al de los objetos que tiene junto a él, pero sigue siendo un camaleón. A los ojos de los otros animales, se asemeja a cualquier otra cosa, pero sigue siendo un camaleón. La iglesia romana es igual: se adapta cual camaleón a cualquier circunstancia siempre que le beneficie, pero en el fondo sigue siendo la misma iglesia que salió de Trento…”.

“Roma es: “Semper Eadem”; ciega, y mil veces ciega”

“Roma es: “Semper Eadem”;  ciega, y mil veces ciega”

No obstante, el papa y su curia romana tenían otros muy diferentes planes.  El obispo Coriolano Martorano, dio el discurso de apertura del concilio. Von Dollinger describe su oratoria: “El cuadro que Martorano describió de los cardenales y obispos italianos, su sanguinaria crueldad, su avaricia, su orgullo, y la devastación que habían producido en la Iglesia, era algo perfectamente chocante. Un escritor desconocido, que había descrito esta primera reunión en una carta a un amigo, piensa que Lutero mismo nunca habló más severamente” (Von Dolliger, op. cit. p. 298).

Este hombre en su discurso alentó a los que tenían esperanza de una reforma; lamentablemente, muy pocos de los que pensaban de esa forma estaban presentes porque Paulo III, a través de los jesuitas, había llenado el concilio con sus propios hombres de confianza.

El discurso del obispo Martorano fue como una voz en el desierto que clamaba por ir a un hipotético cristianismo. Pero ese concilio, controlado por los jesuitas vería su más estrepitoso fracaso espiritualmente hablando.

Psalmei dice que cuando un delegado no italiano se atrevió a formular cargos verdaderos en contra del papado, los obispos italianos, mayoría en la sala, gritaron, golpeando con los pies y clamando: “maldito desdichado, no debe hablar; habría que procesarlo de inmediato” (Psalmei, Coll, Actor, en Le Plat, VII,II. 92). Esto mismo ocurriría siglos más tarde en el Concilio Vaticano I.

Von Dollinger asegura que un famoso testigo ocular escribió después que se dio apertura al concilio, de que nada se podía esperar de los “obispos monstruosos” que estaban allí. No había “nada episcopal en ellos, excepto sus largas sotanas...habían llegado a obispos mediante el favor real, mediante la solicitación, mediante la compra en Roma, mediante artes criminales, o después de largos años en la Curia”.

“Todos ellos deben ser depuestos si es que Trento ha de producir algo digno, pero eso era imposible” (Dollinger, op. cit. pp. 298-299).

Pallavicini, contemporáneo también, escribió: “Los obispos italianos no sabían de otro objetivo excepto el de dar apoyo a la Sede Apostólica y su grandeza” (Storia del Concilio di Trento, p. 425 (ed. Milano, 1844).

Nos detendremos un poco en esta sección para aclarar cuestiones doctrinales importantes. Hablemos sucintamente del Concilio de Trento (1543-1563). Este concilio, como ya venimos diciendo, fue la respuesta a la Reforma, por lo tanto fue el concilio de la Contrarreforma, ya que se dirigió a contradecir y anatemizar el mensaje de los Reformadores.

En él, se definieron doctrinas y dogmas como la cuestión de la justificación, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto a los santos, las imágenes, etc. De hecho, Trento fue la respuesta árida y devastadora a la Reforma protagonizada por católico-romanos que despertaron al leer con atención y fe lo expuesto en la Biblia.

Trento fue la respuesta aplastante a la firmeza demostrada por hombres católicos, valientes y sinceros que todos conocemos, y que no callaron frente a las presiones de Roma. Anteriormente, en la fecha de 1415, fue condenado Juan Huss en el Concilio de Constanza a morir abrasado. Huss dijo justo antes de morir: «A mi, a un pobre ganso, (Huss significa ganso en alemán), mandáis a las llamas, pero dentro de cien años, Dios Todopoderoso levantará a otros hombres que no podréis detener». Cien años justos más tarde, en 1515, se originó la Reforma.

En el Concilio en cuestión,  se  definieron hasta la fecha, y de forma inalterable para siempre la enseñanza y dogmas de la iglesia de Roma. Fue publicado un nuevo Credo donde se añadieron por primera vez como artículos de fe, los siguientes:

  • 1- Todas las observancias y constituciones de la iglesia de Roma.
  • 2-La interpretación de la Escritura según el sentido de la iglesia de Roma.
  • 3- La interpretación de las Escrituras sólo según el unánime sentir de los Padres.
  • 4- Todas las ceremonias recibidas y aprobadas por la iglesia de Roma, y todas las demás cosas definidas por los Concilios Ecuménicos.
  • 5- La iglesia de Roma es Madre y Señora de todas las iglesias: Obediencia al papa de Roma como sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo.

Al decir ser el obispo de Roma, Vicario de Cristo sobre la tierra, proclamaba su supuesta autoridad y primacía sobre cualquier otro obispo cristiano y cualquier otra iglesia cristiana donde estuviera, ¿es éste el espíritu y enseñanza de Cristo?, no; veamos: “Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mateo 23: 8-10).

4-Sobre los sacramentos de Roma

Trento anatemizó como herejía la doctrina bíblica de la Reforma de que somos justificados por la sola fe, o sea, sin el concurso de las obras (ver Romanos 3: 28, Romanos 5: 1, Efesios 2: 8, 9, etc.), por la imputación de la justicia de Cristo (ver 2 Corintios 5: 21). Por otra parte, Trento definió que el instrumento para recibir el primer paso en el proceso de justificación es el bautismo; sin embargo, la Biblia nos enseña que el instrumento es la fe. El bautismo será la confirmación pública de esa justificación alcanzada por la sola fe en los únicos méritos de Cristo.

a-La doctrina tridentina ata al fiel a Roma

La iglesia de Roma enseña que es a través de los sacramentos establecidos y definidos por ella misma, a los cuales ahora nos referiremos, que el fiel tiene acceso a la gracia de Dios, o dicho de otro modo, a tener supuesta paz con Dios. El concilio de Trento definió que los sacramentos de la Nueva Ley son siete, y sólo siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia (confesión auricular), Extremaunción, Orden Sacerdotal y Matrimonio.

El catolicismo romano es un sistema sacramental, ya que todos los “pasos” de la salvación dependen de algún modo de la “gracia sacramental”, es decir, de la que supuestamente facilitan esos sacramentos. Trento enseña que la gracia de Dios al fiel católico se canaliza a través de los siete sacramentos expuestos, y ya tan consabidos, siendo la misma institución romana la que administra esa gracia en definitiva.

“La consolidación tridentina de los sacramentos romanistas fue una intervención urgente y necesaria ante el empuje de la Reforma”

“La consolidación tridentina de los sacramentos romanistas fue una intervención urgente y necesaria ante el empuje de la Reforma”

El Vaticano II diría más tarde que “La Iglesia (romana) es en Cristo como un sacramento...”. Esto es una aberración, y no deja de ser el pronunciamiento más sectario que se haya oído jamás.

La administración de la gracia de Dios no es mediante “sacramentos” de institución de hombres, sino mediante Dios mismo a través de Su Hijo, y por Su Espíritu (Hchs 14: 3; 15: 11, 20: 32; Ro 1: 5, 7; 3: 24; 4: 16 etc. etc.). La gracia de Dios es multiforme, y la recibimos por la fe, la cual es un don de Dios también para todos aquellos que tengan un corazón para amar a Dios (Ef. 2: 8).

El problema estriba en que la iglesia de Roma pretende tomarse las mismas atribuciones que sólo le corresponden a Dios. Ningún “sacramento”, mandamiento de hombres por disposición de hombres podrá ejercer algún beneficio de parte de Dios el Cual ha instituido Su propia manera de hacer las cosas y las ha declarado en Su Palabra, la Biblia. El problema del hombre estriba cuando este intenta decirle a Dios cómo debe hacer las cosas, y aún peor, cuando por su cuenta y riesgo las establece añadiendo que “así lo quiere Dios”, tomando Su nombre en vano.

¡El Señor del universo se basta a Sí mismo para administrar Su gracia ilimitada para todos Sus hijos amados, y esos hijos amados, los que han experimentado un nuevo nacer (Jn 3: 3), son Su Iglesia Universal!; así que, es Dios quien directamente llega al hijo de Dios.

Imagínese a un eterno intermediario entre usted y su esposa, siempre debiendo comunicar y relacionarse uno con el otro a través de esa hipotética tercera persona; sería inverosímil ¿no es cierto?, pues esto es lo que la institución religiosa romana siempre ha pretendido, que usted tenga una relación con Cristo a través de ella. Nunca el Señor pretendió levantar un organismo religioso de esa clase. Roma jamás quiso entender cual es el propósito del Evangelio: lo que nuestro Dios quiere es tener una relación personal e íntima con cada uno; esto sólo es posible a través de Jesucristo porque “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre, bajo el cielo, dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hechos 4: 12); ¡esta es la Buen Noticia!

Roma dice que “por la regeneración bautismal”, el más tierno bebé entra en la iglesia y comienza su vida “sacramental” que perdura hasta después de la muerte, porque la iglesia (romana) alcanza a las almas del purgatorio mediante sus “sufragios” es decir, (plegarias, indulgencias, misas). La institución romana se constituye dios de cada católico, la cual le sigue ¡hasta después de muerto el fiel! ¡Qué horror! La iglesia de Roma insiste y sigue insistiendo que sólo es a través de ella misma que el individuo puede llegar al cielo un día, pasando por el purgatorio, y que no hay otra manera. Este es el defecto de base de toda secta, y Roma es la madre de todas ellas.

En modo alguno la iglesia de Roma puede ser cristiana. En modo alguno.

b-Veamos algunas  fechas respecto a la evolución de esos “sacramentos”

Sin embargo, estos llamados sacramentos no fueron sino definiéndose lentamente a través de la historia.

  • En el año 528 se introduce la Extremaunción, pero no como sacramento.
  • En el año 845 la Confirmación fue instituida como sacramento.
  • En el año 850, la Extremaunción fue sancionada y hecha sacramento al fin.
  • En el año 1000, el sacramento de la Eucaristía se definió como sacrificio (antes se denominaba oblación).
  • En el 1130 se definió no dogmáticamente que los sacramentos eran siete.
  • Los siete sacramentos son así declarados en el Concilio de Florencia en el año 1439.
  • En el Concilio de Trento, en el año 1550, son definitivamente confirmados los siete sacramentos hasta la fecha;
  • En el año 1551, la Extremaunción fue reconocida como sacramento por el Concilio de Trento en su sesión 14.

La pregunta obvia es: Si los siete sacramentos, por los cuales según Roma, se recibe la salvación, no se definieron realmente hasta la fecha de 1550, ¿Cómo se salvaba la gente antes de esa fecha?

Los sacramentos de Roma son una añadidura a lo que enseña la Biblia, y la misma Palabra de Dios nos exhorta a no añadir nada a ella: No añadiréis a la Palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Yahvéh vuestro Dios que Yo os ordeno” (Deuteronomio 4:2).

Me detuve ante el testimonio de un ex sacerdote católico, Miguel Carvajal, y he querido reproducirlo aquí:

“...uno de los profesores en el pizarrón estaba escribiendo todos los años en los que habían sido establecidos los diferentes dogmas de la Iglesia de Roma, y al final...luego que estuvo todo escrito, dijo: “Bueno, ¿qué sería de la Iglesia Católica si tuviéramos que anular todos estos dogmas?’’ Y él mismo, razonando, dijo: ‘’Yo creo que quedaríamos en nada’’. Entonces ese fue el primer impacto en mi vida, y de ahí comenzaron grandes preguntas, como por ejemplo, ¿por qué Jesucristo no habrá predicado el evangelio completo y dejó la tarea a la Iglesia para que establezca dogmas y nuevas doctrinas?”.

c-¿Sabe el católico romano si es salvo?

El católico-romano medio no está seguro de su salvación en absoluto. Se le ha enseñado siempre que “nadie sabe, sólo Dios”. Los sacramentos, a pesar de la importancia suma con que Roma los alaba, no conceden al fiel que los recibe seguridad alguna acerca de lo más básico de la fe cristiana verdadera: la salvación y la seguridad de haberla recibido. Esto es triste. ¡¿De qué sirve seguir concienzudamente todos los pasos que exige la religión de Roma, si nadie que la practique puede tener la seguridad de la salvación?! Hunt escribe:

“Para el católico, la salvación no viene mediante recibir a Cristo como Salvador personal, sino que es un extenso proceso que comienza con el bautismo, y de ahí en adelante depende de la relación continua de la persona con la Iglesia. La salvación viene mediante la participación en los sacramentos, penitencias, buenas obras, sufriendo por los pecados personales y los pecados de otros aquí y/o en el purgatorio, indulgencia para reducir el tiempo en el purgatorio, y cantidades casi interminables de misas y rosarios dichos a favor del feligrés aún después de la muerte. El “evangelismo” católico es por obras, la antítesis propiamente dicha de “el evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20: 24)”.

El Concilio de Trento, en su sesión número seis, concluyó diciendo que las buenas obras personales no sólo nos justifican delante de Dios, sino que son esenciales para la salvación. Así lo afirma el Canon 24 de ese mismo Concilio de Trento. Esto implica que sólo Dios sabe cuantas “buenas obras” hay que hacer y meritar para llegar al cielo. El católico romano es un esclavo de su propia creencia; es un esclavo de su iglesia.

(Continuará)

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid, España. 2009
www.centrorey.org